viernes, julio 22, 2011

Rara vez me acuerdo de Sofía….

Casi siempre entraba por la misma ventana de su cuarto—la que daba al patio trasero--, mas o menos a la misma hora, cuando su padre ya estaba lo suficientemente borracho como para no prestarle atención al poco ruido que hacia al subirme por la cañería que bajaba desde el tejado de su casa.

No hubo ninguna noche en que no la encontrara con los ojos enrojecidos por el llanto; solo las tres primeras veces que la encontré así, quise bajar a reclamarle o a golpear a su padre, pero ella me detenía y lloraba aun más. En realidad nunca me quiso decir porque lloraba tanto, y al final desistí de preguntarle, al notar que eso le causaba más mortificación que alivio.

Sofía era una joven de 16 años, de tez blanquecina, casi transparente y lechosa, como si se untara todos los días la cera de la veladora que siempre mantenía encendida un nicho, debajo de de su lavamanos. La conocí el último mes que trabaje en la bonetería de doña Consuelo; pero ella no fue siempre así, al contrario, iba cada semana a comprar listones y olanes que usaba para hacer moñitos y adornar su cabellera -- que era como una cascada formada con millones de partículas de onix --.

Creo que fue en la mañana del sábado 29 de junio, el meritito día de San Pedro y San Pablo, cuando llego a la tienda buscando dos metros de listón color púrpura, en ese momento no había en el mostrador, pero le dijo Doña Consuelo que seguramente había un par de metros en la trastienda, prometió buscarlo y llevárselo mas tarde a su casa —de otro color no quería llevar, porque decía que ese es el color de los santos--. Cuando salí del trabajo, Doña Consuelo, me hizo llevar el encargo del listón a casa de los Santacruz, y yo, a regañadientes acepte, pero se me alegro la pupila cuando vi relumbrar la moneda de a peso entre los dedos de doña Consuelo.

La casa de los Santacruz, hasta lo que yo recordaba (y recordaba muy poco, porque apenas tenia 12 años), siempre había estado abandonada; decía Don Ramón, el teporocho del pueblo, que ahí se aparecía el anima de la llorona, y solo hasta hace dos meses me había enterado que ya vivía gente de nuevo, pero, por si o por no, yo jamás me acercaba mucho a esa casona.

Al llegar, me di cuenta del gran tamaño de la casa, y a diferencia de la mayoría de las casas del pueblo (casi todas eran de adobe), esta era de madera, pintada de color blanco, un caminito de conchas marinas trituradas y revueltas con cenizas blanqueadas con cal, partían en dos, el hermoso jardín de el frente. La puerta era enorme, era una puerta de dos hojas en forma de arco, y dos grandes óvalos de cristal emplomado, permitían divisar muy poco su interior.

Llame suavemente con la campanita de la entrada, por un momento, me pareció escuchar el aterrador alarido de la llorona; que posiblemente me había confundido con alguno de sus hijos que ella misma había ahogado y que venia por mi, por poco pego la carrera de mi vida; pero no lo hice al darme cuenta que más bien fue el ladrido extraño del perro de los Santacruz.

Atendió a la puerta una señora muy bonita, tenía los mismos ojos aceitunados de Sofía, supuse que era su madre, pero al preguntarle por su hija, me dijo que Sofía era su hermana menor, yo apenado, carraspee un poco antes de explicarle del porque estaba ahí, acto seguido, Mariana (luego me entere que así se llamaba), le hablo a Sofía, esta bajo por la enorme escalera doble y se situó en medio del gran vestíbulo, --pasa--, me dijo,--¿encontró Madame Consuelo el listón que me prometió?--, pregunto; --si, si señorita, aquí lo traigo--, le ofrecí la bolsa de papel que llevaba conmigo, lo extendió y se lo mostró a Mariana, a las dos se les ilumino bellamente el rostro, olvidándose que yo estaba ahí, empezaron a jugar con el, simulaban quitárselo una a la otra diciendo: es mío, no, es mío, no, es mío, te digo que es mío, y ambas reían, y la habitación se ilumino con esas bellas voces (solo una vez yo había escuchado una voz igual de bella como esas, fue cuando al pueblo llego un autobús y monto una carpa, yo me colé por debajo de la lona, justamente cuando se empezaba a escuchar una melancólica, pero hermosa melodía, las luces iluminaron el escenario, y una hermosa mujer canto como los mismos Ángeles, dicen que se llamaba Maria Victoria).

No se cuanto tiempo permanecí estático, embelesado por esas bellas risas. Cuando al fin repararon de mi presencia, lejos de sentirse apenadas, me miraron, y aun conservaban las sonrisas en sus labios me pregunto Mariana cuanto era, me acorde que aun llevaba en la bolsa del pantalón el peso que me dio Doña Consuelo, les dije que nada, les dije que Doña Consuelo se lo regalaba a Sofía por ser cliente asidua de la bonetería (total, si esa vez me colé para escuchar a Maria Victoria, ¿Por qué no regresarle el peso a dona Consuelo por haber escuchado las voces maravillosas de Mariana y Sofía?, en esta vida todo se paga, me acorde que una vez me dijo mi abuela).

¿Vas a ir a la kermés de San Pedro y San Pablo en la noche?, me pregunto Sofía, si, le dije, o no estoy seguro de habérselo dicho, porque lo pensé tan rápido que a ciencia cierta no me acuerdo, pero creo que si le dije, porque ella me sonrió y me dijo: pues ójala nos encontremos.

Salí de la casa, y en lo único que pensaba era en usar el peso que me había dado doña Consuelo, para comprarme una camisa nueva, total, le iba decir que el listón me lo había robado la pandilla de los “cuatro vientos”. En eso estaba, cuando escuche el claxon de una, camioneta, era una Fortinga 66 con el logotipo del “charrito de PEMEX” en sus puertas. Me hice a la vera del camino, y vi pasar la camioneta, seguida de la nube de polvo que traía detrás; de la camioneta se bajo un señor muy blanco, tenia unos 45 años mas o menos, cabello castaño, era tan alto como los caballos percherones de Don Matías, sus brazos eran tan gruesos que hasta se parecían a los troncones que usaba Don Sebastián para la molienda del café; se bajo de la camioneta e hizo caso omiso de sus dos hijas que ya habían salido a recibirlo: --¿Qué chingados haces aquí cabron?—me pregunto, y yo, temblando de miedo(ese señor me dio mas miedo que el anima de la llorona que contaba Don ramón), no alcance a contestar, me vi alzado en vilo; con una sola mano el Señor Santacruz, me levanto mas arriba de su cabeza, mientras clavaba en mi una mirada amenazante(luego también pensé que aparte de la camisa nueva, también iba a necesitar unos pantalones limpios). Mariana y Sofía, corrieron con don Alejo Santacruz, para tratar de salvarme.

Don Alejo Santacruz, era un Ingeniero que había llegado desde España (dicen), y venia contratado por el mismísimo Presidente Don Gustavo Días Ordaz, para que levantara la producción petrolífera del Golfo de Tehuantepec. Pero, en lo que a mi respectaba, era el mismísimo demonio que me iba a matar solo por haberle regalado a sus hijas dos metros de listón púrpura. Don Alejo Santacruz, tras escuchar mis explicaciones y las explicaciones de sus hijas, solo emitió un sonido, que hacia reminiscencia al primer sonido de los hombres de las cavernas, cuando al fin había comprendido como dominar el fuego.

Fin de la primera parte….

7 comentarios:

NN dijo...

Me atrapo tu relato, excelente, saludos ¡

la MaLquEridA dijo...

Órale con tu relato, me dejó picada.


Saludos.

Afrodita dijo...

Entretenedor, podrias hacerlo en varias partes aunque sean mas pequenos los relatos! Asi nos dura mas esta saga jajajaja

Afrodita dijo...

Ah, se me olvido firmar

Afrodita
nadiaruiz.blogspot.com

Welceb dijo...

excelente relato me encano en hora buena

Guffo Caballero dijo...

Muy bieeeen, Angello. Está chido.
Nomás falta de fondo la rolita de "lo que vi no fue un sueño era reaaal", jajajajaja. NO se crea, compadre.
Buen inicio de semana.

Gerardo dijo...

chido, espero la segunda parte cuando te alivianes de la cruda

saludos